Este año muchos van a hablar del caballo.
El calendario chino dice que es el año del Caballo de Fuego, y de pronto aparecen estampas, predicciones y símbolos que hablan de movimiento, energía y transformación. Según la astrología china, el caballo representa libertad, impulso vital e independencia. Y cuando se combina con el fuego, hablan de coraje, cambios profundos y decisiones que ya no pueden seguir esperando.
Todo bastante intenso.
Pero cada vez que escucho eso, pienso en otra cosa.
Pienso en haber nacido entre ellos.
Porque una cosa es el caballo como símbolo…
y otra muy distinta es crecer con uno esperándote afuera.
Crecí en el campo argentino, donde las distancias son largas, el horizonte casi nunca se detiene y los caballos no eran un deporte ni un lujo: eran parte de la vida cotidiana.

Haber nacido entre caballos
Haber nacido entre caballos es no tener miedo a la altura.
Porque cuando sos chica el mundo ya lo mirás desde arriba. A varios metros del suelo, sostenida por un animal enorme que respira fuerte y late más lento que vos.
Es crecer creyendo que aprendiste a marcar el ritmo.
Hasta que con los años entendés algo bastante humillante —y bello—: casi siempre fue el caballo el que se acomodó a vos. A tu torpeza, a tus tiempos, a tus miedos.
Ellos tenían paciencia.
Nosotros creíamos que sabíamos.
Una infancia bastante libre
Crecimos bastante libres.
Bombachas de campo y alpargatas —la ropa más simple para pasar el día entero afuera—.
A pelo.
Casco… inexistente.
Un frenito y listo.
Hoy probablemente sería material para varias charlas de seguridad infantil.
Pero en ese momento era simplemente la vida.
Pasábamos tardes enteras cabalgando. Horas. Sin reloj. Sin celular. Sin saber muy bien cuándo volvíamos.
A veces salíamos a buscar agua para los caballos.
O simplemente a andar.
Cuando el calor apretaba nos bajábamos, les aflojábamos el freno y los dejábamos descansar a la sombra mientras nosotros jugábamos cerca. Ellos comían tranquilos y nosotros inventábamos mundos enteros con ramas, piedras o nada.
Después seguíamos camino.
Les hablábamos todo el tiempo.
Como amigos.
Y lo eran.
Cada uno tenía sus mañas.
El que se asustaba con cualquier cosa.
El que intentaba volver solo a casa.
El que caminaba lento hasta que decidía que ahora sí corríamos.
Los conocíamos como se conoce a alguien de la familia.

El idioma silencioso
Muy temprano entendés algo cuando convivís con animales: el mundo no habla solamente humano.
Una oreja que se mueve.
Un músculo que se tensa.
Un resoplido corto.
Ellos dicen todo.
Y bastante más claro que nosotros.
Ahí se termina un poco el narcisismo humano.
Porque descubrís que hay inteligencias distintas.
Saberes que no están en ningún libro.
Ellos saben qué comer.
Dónde encontrar agua.
Cuándo moverse antes de que cambie el clima.
Vos dependés de un supermercado.
Y si somos honestas… probablemente no sabríamos distinguir alfalfa del pasto equivocado.
Amor, confianza y algunas mordidas
Crecer con caballos también es vivir una contradicción hermosa.
Amar profundamente a un ser que acepta que lo montes.
Nunca terminé de entender del todo ese acuerdo.
Confiar tu cuerpo a quinientos kilos de músculo y sensibilidad. Caerte mil veces y que hagan lo imposible por no pisarte.
Aunque tampoco idealicemos demasiado.
Algún petiso muerde.
Alguno patea.
Siempre hay uno mal enseñado.
La nobleza no es ingenuidad.
También eso se aprende.
La vida sin metáforas
En el campo la vida no viene editada.
Un potrillo que nace.
Un invierno que se lleva a otro.
Vida.
Muerte.
Vida otra vez.
Sin demasiadas explicaciones.
Creo que ahí entendí algo que hoy vuelve mucho en mi trabajo y en mi manera de vivir: todo cambia, todo se transforma, y resistirse demasiado solo hace el camino más difícil.
Quizás por eso cuando hoy escucho hablar del Caballo de Fuego —de movimiento, cambios y valentía— pienso que los caballos siempre supieron eso antes que nosotros.
Ellos no se quedan donde no pueden estar.
El verdadero lujo
Había algo más.
El invierno.
Abrazarlos fuerte antes de volver a casa. Hundir la cara en el cuello tibio para entrar en calor más rápido.
Y sentir —sin saber explicarlo— que algo adentro también se acomodaba.
Hoy hablamos mucho de bienestar, de conexión, de volver al cuerpo, de bajar el ritmo.
Nosotras lo llamamos wellness.
Ellos simplemente estaban ahí.

Tal vez por eso
Este año muchos van a hablar del caballo como energía o como símbolo.
Ojalá también podamos hablar de lo que significa crecer cerca de algo que no intenta impresionarte, ni competir, ni demostrar nada.
Solo estar.
Para algunos el caballo será un signo del calendario chino.
Para otros —los que tuvimos la suerte— fue infancia.
Fue libertad.
Fue aprender a escuchar antes de hablar.
Y quizás por eso, muchos años después, seguimos buscándolos.
En el arte.
En el silencio.
En la naturaleza.
Intentando volver, aunque sea un poco, a esa parte nuestra que alguna vez supo vivir sin apuro.

Tal vez por eso hoy pinto fragmentos.
Porque aprendí a mirar primero el ojo antes que el cuerpo entero. La imagen completa siempre llega después.