Tres días a caballo, justo antes de Navidad

Cuatro de las chicas ya habían reservado. Yo miraba desde afuera, como quien finge desinterés para no aceptar que, en el fondo, ya está buscando excusas para decir que sí.

Un día, en uno de esos viajes eternos en auto a Pilar, una dijo:
—¿Por qué no te venís?
Y ahí, sin saberlo, me arruinó cualquier posibilidad de seguir diciendo que no.

Era justo. Muy justo. Volver el 22, dejar todo listo: regalos, casa, comidas. Esa lista invisible que las mujeres llevamos en la cabeza, incluso cuando nadie nos pidió absolutamente nada. Pero me tenté. Siempre había querido hacer un viaje a caballo. Y claramente ese deseo estaba esperando una mínima provocación.

Le escribí a mi prima Agus:
—¿Vamos?
Y sin dudarlo sacó pasaje. Su hermana, Cukie, se sumó dos días antes del vuelo, como quien dice “ya que estamos”. Evidentemente, todas teníamos un motivo para estar ahí. O varias ganas de huir, que también cuenta.

Las primas Perez

El inicio del viaje

Armamos un grupo de WhatsApp. Indispensable.
—¿Qué van a llevar?
Poncho, polainas, bombachas de campo, linterna… la lista crecía sin parar.
¿Cómo se vive en el medio de la montaña? Mil dudas, cero certezas. Mil mensajes a la empresa que organizaba la cabalgata, porque somos un grupo intenso. Y estábamos muy, muy entusiasmadas.
Había nevado la semana anterior.
¿Cómo íbamos a dormir sobre la nieve?
Nadie lo sabía, pero igual seguíamos adelante.

Llegamos a Malargüe, provincia de Mendoza, Argentina, y dormimos en una bodega. Esa primera noche fue una señal: todavía no estábamos en la montaña, pero el cuerpo ya empezaba a desacelerar. O a rendirse, no estoy segura.

Al día siguiente, camino a Los Molles, empezó la verdadera prueba de desapego: armar las alforjas. Esas bolsitas que van al costado del caballo. Ahí entra lo esencial. Y nada más. Todo lo demás queda afuera. Todo.

Había una especie de “aduana de las alforjas”: revisaban el peso y sacaban lo que sobraba sin ningún tipo de piedad. Nosotras llegamos con nuestras valijas explotadas (me acuerdo y me río). Alguien quiso llevar un secador de pelo. No prosperó.
Mi amiga influencer logró llevarse más de un look. Nadie sabe cómo. Sospechamos de un pacto secreto.

La banda: Maru, Sabri, Agus, Yo, Cukie, Vicky y Guille.

Los caballos

Nos subieron a una camioneta y nos dejaron en el medio de la montaña. Literalmente. Nada de corrales ni caballerizas. Los caballos corren libres por la cordillera y solo los agarran para las cabalgatas. Desde abril que nadie los montaba. Así de mansos son. O así de pacientes.

Preguntaron quién sabía montar y nos asignaron los caballos. Los guías nos confesaron después que no nos tenían demasiada fe, principalmente por el caos logístico previo.
Pero una puede llevar todo el skincare del mundo y, aun así, saber ensillar un caballo a la perfección. Son habilidades distintas. Y complementarias.

A mí me tocó Berni.

Berni era especial: no apuraba, no se desviaba, no le gustaba que lo pasaran en la fila. Iba a su paso. Al principio intenté convencerlo de acelerar. Después entendí que él tenía razón y yo no.
Berni marcaba el ritmo. Y listo.
No se puede forzar a un caballo. Ni a la vida, aparentemente.

Berni

La montaña

El primer día lo pasé casi en silencio y entre lágrimas. No por un momento místico en particular, sino porque todo era demasiado. El paisaje, el aire, el silencio, los cóndores, el frío. Era tanto que hablar parecía una falta de respeto.

Llegamos al campamento al atardecer: fuego, vino, una olla humeante y los caballos sueltos alrededor. Alguien preguntó quién quería dormir al sereno, sin carpa.
Mi prima levantó la mano.
—Bancame —me dijo.
Y, como siempre, me arrastró en su entusiasmo. O en su total falta de sentido común.

Dormimos con una lona encima, envueltas en el recado, bajo un cielo imposible de describir. Entre las doce y la una de la mañana explotan las estrellas. No hay metáfora que alcance.

La ducha era el arroyo. El agua de deshielo dolía de tan fría. No me bañé. Y no hizo falta. O por lo menos eso me repetí varias veces para sentirme mejor.

Los días

El segundo día fue largo. Largo de verdad. Subidas, bajadas y, cada tanto, una carcajada. Un caballo que se asusta, alguien que canta desafinado, una ronda de mates en movimiento que desafía toda lógica.

Los baquianos eran chicos jóvenes que conocen la montaña como la palma de su mano. Sensibles, amantes de los caballos y de nuestras tierras. Escucharlos hablar de cría, doma racional y arreo era aprender sin libros. Sin discursos. Con respeto. Y con mate.

Almorzamos en un valle abierto: sándwiches, agua de arroyo y un silencio que parecía un lujo carísimo.

El viento se levantaba de golpe, me volaba el sombrero y, con él, aparecían los cóndores. Planeaban sin esfuerzo, como si el aire fuera suyo. Y claramente lo es.

A la noche, las conversaciones se mezclaban con las estrellas. Historias de vida, canciones de desamor, anécdotas absurdas, risas de cansancio. Ese humor que aparece cuando ya no queda energía para sostener ninguna pose.
Todas estábamos ahí por algo. Aunque todavía no supiéramos bien qué.

El último día llegamos a unas termas naturales. El agua caliente después del frío era tentadora. Pero había que atravesar el viento helado.
No fue mi caso. Cada una tiene sus límites espirituales.

Caballos salvajes

Volver

No todo fue perfecto. Una amiga se apunó, otra se cayó del caballo, el viento nos dejó la cara curtida. Pero todo valió la pena.

Volví cansada, feliz y distinta. Con olor a humo, el pelo enredado y la sensación de haber vivido algo real. A veces no hace falta ir lejos. Solo hay que animarse a cambiar el paisaje, soltar un poco el control y dejarse llevar. Por una amiga, por un caballo, por la montaña. Por esas pequeñas cosas que nos devuelven a nosotras mismas.