Tierra húmeda

Hay un gesto antiguo que el cuerpo no olvida. Un gesto que aparece antes que la palabra, antes que la forma. Meter las manos en la tierra. Sentir la humedad ceder entre los dedos, oler ese perfume oscuro que sube después de la lluvia, reconocer, sin pensar, la temperatura del suelo. La tierra mojada tiene algo vivo. Respira en silencio. Se expande, se hunde, se transforma sin apuro. Al tocarla, el tiempo cambia. Se vuelve más lento, más denso. Como si algo en el cuerpo recordara de dónde viene. En esta obra, la pintura busca ese mismo estado. No representar la tierra, sino comportarse como ella. Las capas de acrílico se desplazan, se acumulan, se absorben. Se abren paso como sedimentos, como humedad que encuentra su recorrido. Hay zonas donde la materia parece recién removida. Otras, más profundas, guardan una oscuridad que no termina de revelarse. No hay un paisaje definido. Hay una sensación. Un territorio que no se mira desde afuera, sino que se reconoce desde el cuerpo. Porque antes de aprender a nombrarla, antes incluso de aprender a verla, la tierra ya había pasado por las manos.
Acrílico sobre lienzo.
Medidas: 100 x 160 cm
$1.060.000

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